jueves, 21 de agosto de 2008

Arte...


Es reconfortante lo que el arte logra despertar.
Hace un tiempo fui al curso de historia del arte y, habiendo olvidado mis anteojos, siendo tarde y tratándose de imágenes proyectadas, el brillo con el que aparecían las diapositivas no me dejaba definir los contornos de los cuadros que se mostraban. Era un poco desesperante, porque tratándose del período realista donde los pintores reflejaban objetivamente la realidad, era indispensable poder ver bien las obras y así apreciarlas mejor. Muy similar a una fotografía, no existían trazos idealizados ni demasiadas expresiones del alma, sin duda era necesario usar anteojos, por lo menos en mi caso.
Pero lo sorprendente estaba por llegar, la profesora empezó a trazar diferencias entre las épocas del realismo y el impresionismo y, sin previo aviso, el ruido del aparato proyectó ¨Parc Monceau¨ de Monet.., y me quedé congelado, con una sonrisa tan grande como la ¨pequeña¨ boca que tengo. Estaba en presencia de un recuerdo tan vívido, estaba mirando un sueño recurrente, sin anteojos estaba habitando de nuevo la casa de mi abuela, de chico, mirando por la ventana y sentir nuevamente el perfume de sus jazmines, de navidades y fiestas de fin de año. Me sentí tan sano, me sentí tan vivo en ese momento, una ola de calor me vino a la cabeza, ese tipo de sensación que inexplicablemente empieza a pasar fotos, sonidos, voces, era tremendo..., y esos trucos que ofrece la cabeza me dejan sin palabras.
El impresionismo no se caracterizaba por la perfección del trazo en las obras, mas si por la luz que lograban plasmar estos artistas, los rayos del sol pasando a través de las ramas, las sombras, la profundidad, no podía creer lo que veía. Cuando uno tiene ese tipo de sensaciones muchas veces dura solo un instante, un átimo o segundo, pero no, miraba y seguía estando ahí, pude vivir de nuevo ese perfume particular que queda en el toallón luego de secarse al sol, pude recordar el olor de esos veranos, estando cerca del club, de la pileta, de montones de amigos de los cuales hasta había olvidado ya sus caras, y hasta esa sensación de caminar descalzo en las lajas calientes.
Lo incongruente de todo esto, para mí, fue que estaba viviendo nuevamente un tiempo pasado, cuando en realidad no me gusta mucho pensar en estas cosas, pero era totalmente involuntario, sin siquiera deseado ni esperarlo… lo cual se disfruta doblemente…


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